23 de octubre de 2026
Celulares en la universidad: evidencia de India y una tarea para México
Un experimento con 16,683 universitarios en India encontró una mejora pequeña en las calificaciones al retirar los teléfonos durante las clases. Su alcance se limita a esa población y esas condiciones. Para orientar las decisiones en educación básica, México necesita un estudio propio, con diseños adecuados a las edades, los contextos escolares y las condiciones de implementación.

Al comenzar la clase, los estudiantes universitarios dejaban sus teléfonos en una caja de madera. El procedimiento se repetía durante el semestre, de febrero a mayo de 2024, en grupos de diez instituciones de educación superior de Odisha, India. Había excepciones autorizadas para emergencias o responsabilidades de cuidado. El resto de los grupos continuaba con su acceso habitual al teléfono.
Esa rutina fue el centro de un experimento con 16,683 estudiantes de licenciatura y posgrado, 742 docentes y 2,305 cursos. La edad promedio era de 19.4 años, con un rango de 16 a 22. Todos cursaban educación superior. Sus resultados, publicados en Science por Alp Sungu, Pradeep Kumar Choudhury y Andreas Bjerre-Nielsen (2026), aportan evidencia causal a una discusión en la que conviene distinguir las preferencias personales de los efectos medidos.
La principal conclusión es concreta: en ese contexto, una restricción sostenida durante las clases mejoró modestamente el desempeño académico promedio. Los beneficios fueron más claros entre estudiantes con menor rendimiento previo. El hallazgo respalda considerar esa intervención en contextos universitarios comparables. Para la educación básica mexicana, aporta un antecedente y un método de investigación; la magnitud y la distribución de sus efectos deben estudiarse en la población a la que se dirigirá la medida.
Una mejora pequeña, con una distribución relevante
Los investigadores asignaron aleatoriamente unidades de estudiantes, organizadas por departamento y año de estudios, a dos condiciones: entregar el teléfono al inicio de cada clase o continuar con las prácticas habituales. Esa asignación permite estimar el efecto de implementar la política durante el semestre.
El aumento promedio fue de 0.073 desviaciones estándar en las calificaciones. La desviación estándar expresa cuánta variación hay en los resultados: el efecto equivale a unas siete centésimas de esa variación. Es una mejora pequeña, cuya estimación conserva incertidumbre; el intervalo de confianza reportado va de 0.003 a 0.144.
La distribución del beneficio merece atención. Los resultados fueron más favorables para quienes tenían calificaciones previas por debajo de la mediana y para estudiantes de primer año de licenciatura. Entre estudiantes de mayor rendimiento previo, posgrado y áreas STEM, las estimaciones fueron pequeñas e imprecisas.
Esto abre una posibilidad relevante para la equidad dentro de la población universitaria estudiada: una regla común podría apoyar especialmente a quienes llegan con mayores dificultades académicas. El estudio clasifica a los estudiantes por sus calificaciones anteriores. Atribuir esas diferencias a pobreza, diagnósticos o capacidades individuales requeriría evidencia adicional.
También importa cómo se calificó. Según los autores, entre 60% y 80% de la nota de cada curso provenía de exámenes preparados externamente y evaluados fuera de la institución por personas que desconocían la identidad y la condición experimental del estudiante. Ese procedimiento reduce la posibilidad de que el resultado refleje una mayor benevolencia de los profesores hacia los grupos sujetos a la restricción. Persiste cierta incertidumbre sobre el componente de evaluación interna.
Lo que cambia alrededor de la caja
El experimento intervino sobre una rutina colectiva. Todos los salones contaban con cajas, porque podían ser utilizados por grupos de ambas condiciones. La diferencia estaba en la aplicación de la regla: los docentes solicitaban el depósito de los dispositivos en los grupos asignados a la restricción.
Había además un asistente de investigación de tiempo completo en cada institución y un docente coordinador. La implementación incluía seguimiento durante el semestre. Estos detalles ayudan a comprender lo que realmente se puso a prueba y los recursos que una institución debería considerar al adaptar la medida.
Las observaciones de aula registraron menos conductas disruptivas y menos conversaciones ajenas al contenido en los grupos con restricción. Los profesores parecían dedicar más actividad a los materiales educativos y a mantener el orden y el foco. También redujeron el uso de sus propios teléfonos, aunque la regla estudiada se dirigía al alumnado.
Aquí aparece un resultado que obliga a matizar la explicación: los observadores percibieron a los estudiantes de esos grupos como más distraídos. Los estudiantes, por su parte, no reportaron una mejora significativa en su distracción percibida. Las visitas eran exploratorias y los observadores podían deducir a qué condición pertenecía un salón.
Por tanto, la explicación basada en una mayor atención sigue siendo una hipótesis plausible. El experimento identifica un efecto de la política sobre las calificaciones; precisar cuánto pasó por la atención, el comportamiento de los compañeros o la actividad docente requiere otros análisis. La mejora puede involucrar varios procesos simultáneos.
La experiencia modifica el apoyo a la regla
Una parte de los estudiantes también respondió encuestas. En esa submuestra de 2,557 participantes, quienes experimentaron la restricción expresaron mayor apoyo a las políticas que limitaban el uso del teléfono y percibieron más beneficios personales.
Este resultado permite tomar en serio la posibilidad de que una política gane aceptación después de vivirse en el ámbito universitario. Su alcance depende del contexto y de la población encuestada. El apoyo observado en esa submuestra deja abierta la experiencia de quienes quedaron fuera de ella y la de otras comunidades educativas.
Los resultados en otras dimensiones fueron más limitados. Los autores no detectaron cambios significativos en bienestar subjetivo, motivación académica o acoso en línea, ni una reducción general del tiempo de uso del teléfono. Sí reportaron un leve aumento del temor a perderse algo, conocido como FOMO.
La mejora académica y la transformación de los hábitos digitales son objetivos distintos. Cada uno necesita indicadores propios, plazos adecuados y seguimiento de posibles efectos adversos.
De la universidad en India a la educación básica en México
La distancia entre ambas poblaciones importa. El ensayo estudió a jóvenes que ya habían accedido a educación superior. En educación básica, las edades, los procesos de desarrollo, la relación con las familias y la organización docente requieren un diseño propio. También deben examinarse las diferencias entre primaria y secundaria, las condiciones de cada escuela y los usos que efectivamente se hacen de los dispositivos.
Hay además una diferencia de intervención. En Odisha, los estudiantes entregaban el celular durante las clases. Las restricciones en recreos o durante toda la jornada implican otras rutinas y oportunidades de interacción. Estimar sus efectos exige evaluar expresamente esas modalidades.
Los autores plantean que podrían existir beneficios mayores en etapas educativas anteriores. Esa posibilidad es una hipótesis de investigación. Para convertirla en una conclusión sobre niñas, niños y adolescentes hace falta estudiarlos directamente.
En Interdependencia, Uri Fernández ha planteado la necesidad de una estrategia digital propia para las escuelas. El experimento de Odisha añade una razón para fortalecer esa agenda con investigación local: muestra que una política de acceso al teléfono puede evaluarse con asignación aleatoria, seguimiento de su aplicación y resultados académicos.
México necesita estudiar sus propias aulas de educación básica
Proponemos desarrollar un estudio de campo riguroso sobre restricciones al celular en la educación básica mexicana. La prioridad es producir evidencia útil para las comunidades y autoridades que toman esas decisiones: cuánto cambia el aprendizaje, para quiénes, bajo qué condiciones y con qué costos o efectos adversos. El antecedente universitario ofrece una referencia metodológica para diseñarlo.
Una población definida y contextos diversos. El protocolo debería precisar los niveles y edades incluidos, y analizar primaria y secundaria por separado cuando ambas participen. Una muestra diseñada para cubrir contextos urbanos y rurales, distintas condiciones socioeconómicas y tipos de escuela permitiría examinar diferencias relevantes. Medir el acceso y uso previo del teléfono ayudaría a interpretar los resultados. Cada conclusión debe quedar vinculada a la población efectivamente estudiada.
Una comparación que permita atribuir los cambios. Sería deseable una asignación aleatoria por escuelas o grupos cuando resulte viable y autorizada, con modalidades compatibles con el marco aplicable. Si la aleatorización resultara inviable, el diseño necesitaría una comparación alternativa sólida y límites explícitos. Conviene registrar de antemano las hipótesis, los indicadores y el análisis, calcular el tamaño de muestra necesario y documentar cuánto se cumple la medida. Una comparación de notas antes y después, por sí sola, deja abiertas otras explicaciones.
Aprendizaje, bienestar y experiencia cotidiana. El seguimiento debería abarcar al menos un ciclo escolar y combinar evaluaciones de aprendizaje comparables, preferentemente calificadas por evaluadores que desconozcan la asignación, con indicadores de convivencia, bienestar y aceptación. También debería registrar conflictos, sanciones, carga de trabajo docente y tiempo de custodia. Analizar los resultados por rendimiento previo y condiciones de acceso ayudaría a distinguir a quién beneficia la intervención y quién enfrenta dificultades. El apoyo de estudiantes universitarios observado en India deja pendiente la experiencia de menores y sus familias.
Una implementación adecuada para menores de edad. El diseño requiere revisión ética, autorizaciones institucionales, consentimiento de las familias y asentimiento acorde con la edad. Debe contemplar protección de datos, comunicación en emergencias, custodia de equipos y excepciones por salud, discapacidad, accesibilidad o cuidados. La evaluación también debe prever cómo detectar y atender consecuencias adversas. Los usos pedagógicos programados necesitan una definición explícita para que quede claro qué se está comparando.
Esta agenda exige colaboración entre instituciones de investigación, autoridades educativas, escuelas, docentes y familias. Requiere además presupuestar la operación y hacer públicos los métodos y resultados, con protección de los datos de menores. Son criterios que proponemos para construir el estudio mexicano; su protocolo y viabilidad deben desarrollarse con quienes participarían.
El experimento de India ofrece un hallazgo acotado: retirar el celular durante las clases mejoró modestamente las calificaciones de una población universitaria. Para la educación básica mexicana, el siguiente avance consiste en generar evidencia con sus propios estudiantes y escuelas. México necesita un estudio que permita saber qué modalidades funcionan, para quiénes y a qué costo. Esa evidencia daría a las decisiones sobre celulares una base proporcional a las consecuencias que tienen para niñas, niños, adolescentes y docentes.
Fuentes
- Sungu, A., Choudhury, P. K. y Bjerre-Nielsen, A. (2026). Phones impede learning: Evidence from a massive phone-free classroom experiment. Science, 394(6820), 178–181. Artículo.
- Fernández, U. (2026). Celulares en escuelas de México: de la restricción a la estrategia digital. Interdependencia, 1 de octubre; actualizado el 7 de octubre. Antecedente editorial.
Imagen de portada: ilustración generada con IA para Interdependencia.

